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Artículo de Rafael Núñez, “En la picota”

Desde el siglo XVl, el mundo conoció una nueva forma de escarnio para los delincuentes, que consistió en llevarlos a un "monumento" ubicado en una plaza pública, para que la gente se enterara de su afrenta, al tiempo que se sometía a la mofa de todo el que por allí pasaba. En ese sitio se construía una columna de concreto que se le conoció como "la picota". 

De ahí la frase de que Fulano está en "la picota".

Ese método abusivo y deshonroso se propagó por plazas públicas europeas y asiáticas, sin que nadie saliera a defender los derechos de las víctimas, pues quienes auspiciaban aquello eran las propias autoridades constituidas.

Estos signos de vasallaje humillante se esparcieron como la verdolaga, pero con el tiempo se esfumaron, en la medida en que las sociedades fueron avanzando con la incorporación a sus respectivos marcos jurídicos de los derechos fundamentales de las personas, especialmente a partir de la Revolución Francesa ( de 1789), primer movimiento emancipador que puso fin al absolutismo feudal, y dio paso a la actual Edad Contemporánea.

Pues volviendo al tema anterior, los hombres o mujeres que en los siglos dieciséis y posteriores eran hallados culpables de un delito, no sólo fueron condenados con cárcel o ejecución, sino que un "foro público" se encargaba se avergonzarlos, de humillarlos y deshonrarlos, pues todo el que pasaba se ensañaba para que la vergüenza se convirtiera en su peor castigo.

Parece que hemos vuelto a esos tiempos, pues diversos medios de comunicación se hicieron eco la semana pasada de la denuncia hecha por el dirigente político Humberto Salazar en el sentido de que desde el gobierno, se ha confeccionado una lista de cercanos al expresidente Leonel Fernández para, contratados dos programas de investigación, este grupo fuera puesto en "la picota" con denuncias sobre sus desempeños en los puestos públicos que ocuparon. Es decir, volviendo a los métodos de siglos antes de la Revolución Francesa, aquellas veinte personas, incluido quien suscribe, fuésemos objeto de campañas para dañar nuestra reputación. Con la diferencia de que ese grupo no ha robado ni ha matado.

No se le puede restar validez a la denuncia de Salazar, porque una persona como él, que no está asociado ni a mañoserías ni escándalos, no tiene motivos para inventar, amén de que esa revelación había sido hecha primero por Domingo Jiménez, miembro del Comité Central del PLD, excelente ser humano, e inequívoco seguidor de las ideas y las praxis de Juan Bosch.

Incluirme en esa lista no tiene otro objeto que perder el tiempo conmigo, pues desde el propio presidente Danilo Medina, Leonel Fernández, y hasta Huguito conocen de mi trabajo, profesionalidad, entrega y apego a la vida correcta.

Resulta muy cuesta arriba ocupar este espacio que generosamente me concede desde hace más de 5 años la dirección y el propietario de este medio, para dirimir estos temas, pero con toda la humildad que Dios me ha permitido lucir en mi vida privada y pública, debo poner sobre el papel el que se me haya agregado a una lista para llevarme al paredón moral. Que lo haga cualquier bocina, pasacantando por demás, no me turba.

Si después de tres años, el gobierno, o una parte de él, quiere abrir cuestionamientos contra cualquier exfuncionario, por la firmeza de hacer causa común con el presidente del Partido y expresidente de la República, doctor Leonel Fernández, es una triste decisión. En mi caso particular, pierden su tiempo, porque si algo me caracteriza es ser leal y tener sentido de gratitud. Y si por fidelidad a un hombre de ideas y de cualidades humanas, se nos quiere perseguir al grupo, pues adelante.

No soy lisonjero de Leonel, pues no va con mi personalidad, ni tampoco se me puede atribuir que en la honrosa oportunidad dispensada por él para estar a su lado en los tres gobiernos, abusé de su confianza haciendo cosas non sanctas. Entiendo que la lealtad a un líder se demuestra también cuando se protege la confianza otorgada por el amigo, además de defender sus ideas y postulados.

En lo que tiene que ver con el ejercicio de las funciones públicas en el pasado, me siento orgulloso de mi gestión, de manera que en los momentos de cavilaciones no albergo ninguna preocupación de haber andado por terrenos pantanosos, que pueda avergonzar a mis hijos y familiares. No porque sea ningún dechado de santidad, ¡Dios me libre!, sino por el motivo de que en la función que ejercí, me ocupé de hacer las cosas cumpliendo con los procedimientos, apegado a mis valores y a la suprema responsabilidad de cuidar mi imagen, que era proteger la de Leonel Fernández. Ese es, y ha sido mi deber.

Para estar seguro de mi buen proceder, me blindé con la asesoría de quien tenía que velar por el buen desempeño administrativo de todo el gobierno: el licenciado Simón Lizardo, entonces Contralor General de la República y actual ministro de Hacienda, a quien consulté, siempre que tenía dudas de algún procedimiento. Con la decencia que caracteriza a Simón, siempre estuvo presto para cooperar, y así lo hizo.

No conforme, solicité tres auditorías a mi gestión, las cuales conservo, dos de ellas al propio despacho de Lizardo en la Contraloría General de la República, y una tercera a la Cámara de Cuentas, que mediante una licitación se la adjudicó a la firma KPMG. En las tres, mi gestión salió bien parada, no por asunto del azar, pues no creo en la suerte.


Sé, sin embargo, que cuando se decide ejercer el poder con fanatismo, irracionalidad o bellaquería, si se quiere enlodar, no hay obstáculo ni auditoría que valgan. Como la política muchas veces deviene en un estercolero que todo ensucia, y que ni siquiera importan el buen proceder y las amistades, estoy preparado para lo peor, pero es bueno tener cuidado a quién se trata de mancillar, pues lo más valioso que tengo es mi reputación, la que defenderé en cualquier terreno. Y si un asunto aprendí en mi paso por el Estado, es que las cosas no suceden porque a alguien se le ocurre, pues cada títere tiene un titiritero. Quien no respeta, no puede pedirlo.