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De Washington a Leonel

Cuando la familia Washington recogió sus bártulos en Inglaterra para explorar suerte en América, jamás pasó por la mente de esa familia inmigrante que aquel viaje sería determinante para que creciese un personaje, el más importante de las tierras conquistadas, George Washington, uno de los inspiradores de la independencia norteamericana y primer presidente de los Estados Unidos.
Casi en la ribera del Potomac, aquel agrimensor de oficio curtió su personalidad en base al trabajo y, cómo no decirlo, contemplando las especiales circunstancias de las colonias, impuestas por aquellas guerras generadas por las disputas de tierras entre Gran Bretaña y Francia, por un lado, y España y los indios autóctonos por el otro.
Su origen acomodado como resultado de la herencia de grandes extensiones de tierra heredadas de su familia, no fue obstáculo para que en este hacendado se forjara el perfil del guerrero y líder político que fue, dos cualidades determinantes para que Estados Unidos se erigiera como la nación que es, con virtudes y defectos, pero en la que buena parte de los ciudadanos del mundo posan sus ojos con el fin de llevar a cabo el sueño americano.
Primero como armador de las tropas británicas en Virginia en la guerra franco-indígena y posteriormente como comandante en jefe del Ejército Continental contra Gran Bretaña, George Washington pulió su estilo, venciendo los azares y limitaciones con las que tuvo que lidiar en el campo de batalla aquel forjador de sueños.
Condecorado por sus hazañas contra los británicos en Boston, Trenton y New Jersey, en su objetivo para que Estados Unidos consiguiera su independencia, Washington renunció a sus cargos militares, pero volvió a la vida política cuando presidió la Convención de Filadelfia en 1787, de la que resultaría la Constitución estadounidense.
Su desprendimiento y amor por la Patria lo evidenció en distintos momentos. A veces parecía que Washington anhelaba más su estadía en las campiñas de Mount Vernon que el ajetreo político y militar donde demostraba destreza, firmeza y don de mando.
Colocando a un lado las circunstancias, la dimensión de la nación que contribuyó a fundar y el personaje y los hechos analizados, Washington pronunció en 1796, su “Discurso de Despedida” (The Washington Farewell) de la vida política, en el que se destacan aspectos similares en su accionar a los que ocurren en el República Dominicana con personajes y situaciones.
El hacendado virginiano rechazó que el conjunto de Estados que se acababa de fundar fuera una réplica de las monarquías europeas. En consecuencia, Washington no quiso ser el rey de la nueva nación, a pesar de su popularidad y prestigio entre los pobladores.
Tras ser presidente en dos oportunidades, y negarse a optar por un tercer período solicitado por las mayorías, resalta como una de las primeras decisiones de Washington aquella asociada al concepto bajo el cual se conocería Estados Unidos: un país equilibrado con una Constitución federalista, que preserva la institucionalidad.
Washington planteó en el memorable discurso precitado que “la ley y los intereses de la nación deben predominar por encima de los de un partido o facción”, y lo hizo con estas palabras: “(las facciones) colocan en lugar de la voluntad delegada de la nación, la voluntad de un partido, y las miras pequeñas y artificiosas de unos pocos, y siguiendo los alternativos triunfos de las facciones diferentes, dirigen la administración pública por mal concertados e intempestivos proyectos, no por planes consistentes y saludables, dirigidos por consejos comunes, y modificados por intereses recíprocos. Pero ahora no tenemos tan tristes acasos, pero en la serie de los tiempos y de las cosas, pueden aparecer hombres astutos, ambiciones, y sin principios, que logren trastornar el poder del pueblo, y usurpar las riendas del mando, arruinando después a aquellas mismas máquinas que les proporcionaron elevarse a una injusta dominación”. Por fortuna, Estados Unidos no ha tenido que lidiar con semejantes hombres.
Referente a la Constitución norteamericana, Washington aconsejó resistir los cambios frecuentes en la Carta Magna, con las siguientes palabras: “…El plan de asaltaros será alterar la constitución, para debilitar el vigor del sistema, ya que no puede combatirse al descubierto. En todas las alteraciones a que se os invite, debéis acordaros que el tiempo, y el hábito fijan el verdadero carácter de los gobiernos, y de todas las instituciones humanas: -que la facilidad y ligereza en hacer variaciones, fiándose en opiniones hipotéticas, expone siempre a que no haya nada estable, nada cierto, según la variedad eterna de las hipótesis y de las opiniones: -acordaros especialmente que tanto para un país tan extenso como el nuestro, como para seguridad y libertad general, es indispensable un gobierno enérgico”.
En 228 años, Estados Unidos sólo ha hecho enmiendas (27) y el texto original de la Constitución es el de mayor vigencia en todo el mundo.
El más destacado de los padres fundadores de Estados Unidos, también advirtió sobre el despotismo diciendo: “Importa igualmente que los hombres encargados del gobierno de un país libre limiten su acción a las respectivas esferas constitucionales, evitando que en el ejercicio de los poderes ningún departamento usurpe las funciones de otro”.
El respeto a la Constitución, a los procesos institucionales que devienen de ella, y su convicción de no alterar la ley para reducirla a meros intereses particulares, maquillados como clamores nacionales, fue lo que convirtió a Washington en el líder de los Estados Unidos, aún después de 216 años de su muerte.