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Ironias, Artículo de Rafael Núñez

El pasado 19 de abril, el Comité Político (CP) del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) aprobó por una nueva mayoría introducir al Congreso Nacional un anteproyecto de modificación de la Constitución, cuyo único motivo es habilitar que el presidente Danilo Medina pueda postularse en las elecciones del año próximo.
Eso nunca se había hecho, pues el PLD levantó la bandera antireeleccionista contra sus entonces principales contendores, Hipólito Mejía y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), a quienes le repitió hasta la saciedad su gran error por acometer contra el texto constitucional para provecho personal.
Otros factores influyeron para que Mejía perdiera la reelección en el 2004, pero hay que hacer constar que un frenesí mediático, liderado por la sociedad civil se alzó previo al certamen electoral acusando a Mejía de haber comprado los votos faltantes con el fin de poder pasar la reforma a la Constitución.
Los defensores la Constitución y la institucionalidad acusaron al Guapo de Gurabo de retrotraer al país a los tiempos de Buenaventura Báez, Ulises Heureaux, Pedro Santana y Horacio Vásquez. Pero Mejía, ni corto ni perezoso, no hizo caso y “convenció” a los legisladores que necesitaba, entre ellos 10 del PLD, para viabilizar su proyecto.
Hubo un fuerte rechazo a esa aventura hasta en su propio partido, lo que produjo una división -la tercera más importante-, debilitando la fuerza electoral del partido blanco.
Fue ése el argumento más contundente que esgrimieron los peledeístas contra su más ferviente opositor. Se convirtió ésa en arma letal contra Mejía, llevado al banquillo de la historia por atacar la institucionalidad, pues una Constitución en toda parte del mundo es el resultado de un pacto social, no del acuerdo de un grupo dentro de un partido para acomodarla a la dirección de donde el barco lleva la proa.
Fue el mismo órgano del Comité Central del PLD - es decir el Comité Político- quien aprobó expulsar a 10 diez de sus diputados por levantar la mano para que se modificara la Constitución, de manera que Mejía quedara habilitado para ser candidato en las elecciones de 2004, que luego perdió de Leonel Fernández, quedando expedita la vía para que éste pudiera optar, si así las circunstancias se lo permitían, como terminó ocurriendo.
Con todo el respeto que merece el CP recomiendo que en la próxima reunión, esa nueva mayoría coloque en agenda el tema de la expulsión de ese grupo de legisladores para pedirle excusas y ofrecerle, si así está en disposición de ellos, la oportunidad de volver a ingresar al PLD porque ese órgano debe admitir, 13 años después, que se “equivocó”.
No tengo constancia de cómo fue la votación en el 2002 para expulsar a los 10 legisladores, pero me alberga la duda de que se haya producido algún voto disidente.
Si ése órgano de dirección del PLD llegó a la conclusión de que se equivocó hace 13 años, no es porque el partido morado haya hecho una profunda reflexión respecto del tema de reformar para reelegir, sino que la firma de los decretos la tiene un miembro del CP que expresó en innúmeras ocasiones su rechazo a permanecer en la Presidencia “ni un día más”, pero cambió de opinión.
Otra ironía es la siguiente: Leonel Fernández soportó la tentación de hacer lo mismo en dos oportunidades. En 1998 y en 2012, aunque algunos mezquinos se lo regateen. El tiempo es justiciero y los hechos están ahí.
El expresidente no solo declinó con argumentaciones contundentes de tratadistas constitucionales, que le favorecían para poder seguir, sino que impuso su liderazgo para que su compañera, Margarita Cedeño de Fernández, con más popularidad que Medina, declinara para abrirle paso al actual presidente. Luego, con la fidelidad al país y al partido y con la prudencia como estandarte, se echó encima -en todo el sentido de la oración- la candidatura de su partido.
Por encima del interés personal, Fernández ha dado muestras de desprendimiento en los momentos cruciales de la nación y de respeto a la institucionalidad. Su liderazgo no se lo ha regalado nadie, ni se lo construyó nadie. Su carisma e inteligencia política, partes esenciales del liderazgo, no se compran en botica ni se maquillan con encuestas, solo hay que verlo llegar a donde se convidan dos o más personas para comprobar si hay palidez o popularidad real. Ahí no se pueden construir percepciones. Por eso, enemigos nuevos y viejos tuvieron que orquestar una campaña mediática para tratar de desacreditarlo y opacar su estrella.
Si Fernández no forzó para cambiar la Constitución y tampoco lo llevó al CP como tema para reelegirse porque no cree en eso, ¿en qué cabeza cabe que pueda votar a favor de algo que atenta contra sus principios?
Como hombre del partido, está en la obligación de acatar lo que la nueva mayoría acordó, pero nadie le puede obligar a levantar la mano por una causa que ni siquiera para él asumió. Fernández no debe decirle a los legisladores que se identifican con él que desacaten la decisión del CP, pero no puede obligar a los suyos a transitar un camino que no ha estado en su agenda.
Algunos de sus compañeros de partido, de manera abusiva, quieren que una reforma reeleccionista con su alto costo político, la asuma Fernández, cuando se sabe que el PLD no tiene mayoría para hacerla. Ese es el colmo. ¿Por qué no carga con el fardo que conlleva ese camino el doliente de la reelección, como lo hizo el expresidente Hipólito Mejía?
El PLD tiene tiempo de abandonar el camino del fracaso, que a lo mejor no está a las puertas del 2016, ¿quién sabe?, pero nadie puede pretender que Leonel Fernández se convierta en homicida y sepulturero de su propia carrera política.